ARTICULOS DE CARINA CASANOVAS


VIRGINIA SATIR (Todas tus caras, 1978)


Muchos de nosotros vivimos en una cárcel emocional porque queremos ser buenos. Nos rodeamos de toda una red de “deberes” que en muchas ocasiones entran en conflicto con nuestros deseos y nuestras capacidades. Nuestra Lista Universal de Deberes, en la que leo “Siempre debo ser: correcto, limpio, brillante, sensato, bueno, obediente y saludable”, cueste lo que cueste y cualquiera que sea la situación. Esto casi siempre termina en una sensación de fracaso, en innecesaria frustración y en decepción.

Soy consciente de que no podemos controlar el clima ni otras muchas cosas exteriores a nosotros, pero podemos aprender formas nuevas para hacer frente a todas esas cosas que no podemos controlar. Todos podemos darnos cuenta de las formas tan variadas en que diferentes personas se enfrentan al mismo acontecimiento. No es el acontecimiento lo que determina nuestra forma de responder. Es la integración del acontecimiento en nuestra vida, el uso armónico que hacemos de todos nuestros elementos, el que dicta el modo en que le hacemos frente.

Esa red de “deberes” incluye una buena cantidad de diálogo interno sobre lo que “ellos” aprobarían o reprobarían. “Ellos” puede ser cualquiera, su madre, su padre, su jefe, su tía Luisa... son las personas a las que miramos para decidir si lo que estamos haciendo está bien o no lo está.

¿Dónde estaríamos en la actualidad si todos los inventores, si todas las personas que ha arriesgado a emprender un nuevo rumbo, y que con frecuencia han hecho grandes descubrimientos, hubieran esperado a que alguien les dijera que estaba bien lo que iban a hacer antes de llevarlo a cabo?

También con demasiada frecuencia, las personas no se dan cuenta y precisamente como consecuencia de esa falta de conocimiento, de imaginación y de consciencia, han elevado altos muros alrededor de sí mismas, muros que les impiden ver sus auténticas posibilidades. Afortunadamente para nosotros, la fuerza de esos muros que parecen de hormigón armado se sustenta únicamente en nuestros propios pensamientos. Hay una gran diferencia entre una muralla de hormigón colocada a nuestro alrededor fuera de nosotros y los muros que levantamos en nuestra mente.

Para enfrentarnos con eficacia a los muros externos tenemos que aprender a enfrentarnos con los muros que tenemos en nuestra mente. Si en nuestro interior nos sentimos atrapados, tendremos muy poca energía creativa disponible para manejar creativamente las dificultades externas. Nuestros carceleros internos representan aquello que miramos como amenazador. Los guardianes son nuestros miedos, siempre presentes, que se empeñan en que sigamos estando donde nos encontramos. Mientras que sintamos miedo, no podremos movernos.

Esos carceleros y guardianes son, naturalmente, producto exclusivamente nuestro; provienen fundamentalmente de las amenazas que hemos sufrido en el pasado por parte de figuras autoritarias, y que traemos a nuestro momento presente sin haber realizado la menor evaluación crítica sobre su utilidad. Los guardianes representan nuestras preocupaciones de no ser queridos o apreciados en nuestro justo valor. Por consiguiente, no tenemos oportunidades dentro de nuestra prisión de comprobar cuáles son nuestras posibilidades. Para empezar a liberarnos de nuestra cárcel emocional podríamos comenzar con un simple pensamiento nuevo: “Tiene que haber algo más, y voy a asumir el riesgo de echar una ojeada”. Este pensamiento nos lleva a la esperanza, que se convierte así en una posibilidad nueva.

Siempre estamos tratando de liberarnos de nuestra prisión emocional. Es que, por lo general, resulta tremendamente incómoda. Solemos intentarlo con súplicas, amenazas o complaciendo a otras personas, tratando de conseguir que lo hagan ellas por nosotros. Esto tiene un cierto sentido si creemos que nuestros carceleros están únicamente fuera de nosotros. Con este modo de actuar, podemos tener algún éxito ocasional, pero habitualmente estos esfuerzos terminan por fracasar y en unos sentimientos tremendos de desamparo, de rabia y de culpa.

Suponga por un momento que aceptamos el hecho de que nuestros mayores carceleros están dentro de nosotros; que empezamos a asumir el riesgo de estudiar cómo nuestros pensamientos, sentimientos, nuestro cuerpo y nuestra mente trabajan conjuntamente. Todo tenemos creencias que, cuando las contemplamos a la luz de la investigación, descubrimos que son ridículas; sin embargo, hemos vivido sin pararnos un momento a cuestionarlas. Ese estudio revelará, sin la menor duda, creencias de ese tipo que pondremos en cuestión una vez que las hayamos encontrado.

Una vez que se haya liberado de las viejas creencias que ya no tienen utilidad en su vida, usted empezará a adentrarse en un territorio desconocido para el que no hay mapa. El mapa se va haciendo sobre la marcha. Precisamente en esto es en lo que consiste el riesgo. Como cualquier otro explorador que va abriendo una senda en la jungla, los puntos de partida pueden ser muchos, Un lugar puede parecer prometedor hasta que llegamos allí. Una vez alcanzado, tal vez descubramos que no satisfacía las expectativas que de él teníamos, y entonces sea preciso tomar una nueva dirección. Sin embargo, pronto nos daremos cuenta que nos da más de lo que prometía, y que ante nosotros se abren muchas nuevas puertas. Es parte del descubrimiento. No hay otra ruta segura para que podamos seguir con un mapa durante todo el tiempo. Sólo sabemos dónde hemos estado justo después de haber estado allí.

Muchas personas pierden sus batallas en el mundo exterior porque malgastan sus energías dentro de sí mismas. Nuestra vida interna y la manera de hacer frente a las dificultades externas están interconectadas. La una se alimenta de la otra. Cuando éramos niños, a la mayor parte de nosotros nos enseñaron a conformarnos y a ser obedientes. Hasta que aprendimos a hacerlo de otro modo, ésta era la única forma que conocíamos. Fuera cual fuera el dolor que tuviéramos que soportar para seguir viviendo, lo soportamos en nuestro interior, creyendo que la vida era así, y de este modo empezamos a levantar los muros de nuestra cárcel emocional.

Asumir el riesgo de empezar a cuestionarnos estas viejas enseñanzas supone dar un paso de gigante. Nos coloca en lo desconocido, y eso produce pavor. La lucha es difícil y el camino por lo general no está claro, Sin embargo, una vez que nos hemos convertido en exploradores a nuestro propio servicio, derribamos los muros de la cárcel y entonces se posibilita el crecimiento continuo. Podemos usar nuestra energía para descubrir y explorar nuevas posibilidades, en vez de seguir desperdiciando energías defendiendo nuestras viejas creencias en un fútil esfuerzo para hacerlas soportables.

Para mí, lo más triste de la historia es comprender que muchas personas viven en una cárcel emocional sin percibirse de ello. Sólo se dan cuenta de que son algo desdichadas y de que estás un poco deprimidas, y esperan algún momento mágico en que las cosas cambien, pero ese momento parece no llegar nunca. Se han condenado a este destino al haber fracasado en sus intentos de vivir según la Lista Universal de Deberes que, en su ignorancia, han aceptado como la mejor forma de vivir una buena vida. Nadie puede vivir conforme a dicha lista. Es una puerta que conduce irremisiblemente a la cárcel emocional. En esa cárcel no se puede hacer nada más que cumplir la sentencia. Sólo cuando salimos de la misma tenemos la oportunidad de vivir una nueva vida.